Potencia la fertilidad de tu suelo con la nutrición agrícola adecuada

Quien se plantea la comprar abono en San Sadurniño suele tener dos perfiles bastante definidos: el agricultor que sabe perfectamente lo que necesita porque ha pisado más barro que oficina, y el jardinero entusiasta que ha convertido una finca, una huerta o tres macetas grandes en su forma de terapia semanal. Lo curioso es que ambos, aunque partan de lugares distintos, acaban tarde o temprano frente a la misma pregunta: ¿qué tipo de enmienda merece la pena para mi suelo? Y ahí es donde la teoría, la práctica y la paciencia empiezan a mezclarse como si estuviéramos hablando de vino, pero con más estiércol de por medio.

Las opciones orgánicas siempre han tenido buena fama, y no es casualidad. El compost, el estiércol curado o el humus de lombriz no se limitan a nutrir, sino que mejoran la estructura del suelo, lo airean, retienen humedad y favorecen que los microorganismos trabajen a destajo sin protestar. En tierras arcillosas, que se apelmazan como plastilina mojada, los aportes orgánicos ayudan a dar movilidad a las raíces, mientras que en suelos muy arenosos permiten que el agua no desaparezca como si alguien hubiese abierto el desagüe. Eso sí, hay que saber dónde y cuánto se aplica, porque el exceso de entusiasmo con el estiércol puede acabar enviando mensajes confusos a las plantas… y a los vecinos.

Las enmiendas inorgánicas tienen su fama más reciente, pero su efectividad nadie la discute. Aquí entran fertilizantes minerales, granulados específicos, mezclas NPK o correctores de carencias muy puntuales. Son rápidos, concretos y cuantificables, algo que muchos agricultores valoran porque permite planificar cosechas y corregir desequilibrios con precisión. Un suelo pobre en fósforo no se arregla con poesía, y un cultivo de patata que reclama potasio no se va a conformar con buenas intenciones. La clave está en no apostar por lo químico como si fuese café instantáneo: útil, sí, pero mejor cuando responde a un análisis previo del terreno.

El suelo, ese gran incomprendido, no siempre revela a simple vista lo que le pasa. Algunos agricultores veteranos son capaces de detectar una carencia observando el color de las hojas o el grosor del tallo, pero los análisis de laboratorio ofrecen una foto más completa de lo que se cuece bajo la superficie. Saber si un suelo es ácido, neutro o alcalino marca el tipo de abono que conviene, y entender cómo retiene agua o cómo se comporta con las raíces permite evitar compras inútiles. Hay tierras que necesitan calcio y otras que piden boro casi por favor. Y luego está quien aplica fósforo porque se lo recomendaron hace 20 años, sin sospechar que ya tiene más que una cantera decorativa.

La sostenibilidad ha entrado con fuerza en este terreno, y no por moda, sino por lógica económica y ambiental. Quien produce en proximidad valora no depender de importaciones lejanas, y reciclar materia orgánica propia o de explotaciones locales reduce emisiones, transporte y gastos superfluos. En municipios como San Sadurniño, donde la tradición agraria convive con pequeños proyectos hortícolas o explotaciones mixtas, el uso de enmiendas orgánicas bien gestionadas permite cerrar ciclos naturales sin renunciar al rendimiento. Claro que siempre hay quien sigue soltando aquello de “esto se hizo así toda la vida”, como si la historia agrícola viniera escrita en piedra en vez de en estiércol compostado.

Las mezclas compensadas, que combinan lo orgánico con lo mineral, están ganando terreno porque permiten nutrir a corto y a medio plazo. Una capa de compost aporta vida al suelo, mientras un abono específico corrige carencias concretas de forma inmediata. En cultivos exigentes como el tomate, por ejemplo, la raíz agradece el mullido de la materia orgánica, pero la planta rinde mejor cuando recibe el empujón correcto en el momento justo. Llamarlo estrategia o llamarlo sentido común, pero ignorarlo sale caro.

Uno de los errores más comunes es escoger el abono sin tener en cuenta el tipo de cultivo. No necesita lo mismo una pradera para forraje, una plantación de grelos o un seto ornamental. Algunos cultivos agradecen nitrógeno en fases tempranas para crecer con vigor, mientras otros reclaman potasio en floración o engorde. Y si nos ponemos finos, hasta la época del año y el ciclo lunar parecen tener defensores acérrimos en las decisiones de abonado. Lo importante, más allá de supersticiones familiares, es planificar con cabeza y observar la respuesta del terreno como quien escucha lo que no se dice pero salta a la vista.

El clima también manda. En zonas con lluvias frecuentes, como las que predominan buena parte del año en Galicia, una parte del abono puede desaparecer antes de que las raíces lo encuentren. Por eso muchos optan por fraccionar las aplicaciones o elegir formatos que se liberen poco a poco. Lo contrario sería como echar café en un colador y esperar que quede aroma. Y luego está el factor pendiente: en terrenos inclinados, un abono mal incorporado puede acabar alimentando la cuneta en vez del cultivo.

La agricultura local, cuando se mira con perspectiva, se sostiene mejor cuando no se limita a copiar modelos industriales. Usar recursos próximos, respetar el suelo como un organismo vivo y reconocer que cada finca tiene personalidad propia no son discursos de feria, sino estrategias con resultados visibles. Y si alguien se pregunta si merece la pena invertir en abonos adecuados, solo hay que comparar dos tierras vecinas al final de la temporada para entender que lo barato puede salir estéril.

El agricultor que se toma el abonado en serio no lo hace por capricho, sino porque sabe que el suelo no olvida ni perdona. Lo que se deja de hacer hoy pasa factura mañana, y lo que se aplica sin criterio puede sabotear una cosecha entera. Afortunadamente, cada vez hay más asesoramiento técnico disponible, y quien sabe escuchar aprende que nutrir la tierra es un acto de previsión más que un trámite. La clave no está solo en elegir el saco o la cuba correcta, sino en mirar el terreno como un aliado que responde en función de cómo se le trata.