Productos gallegos: sabores auténticos con tradición
Nada más aterrizar en la costa de Sanxenxo, te das cuenta de que los productos gallegos en Sanxenxo no son solo una frase de marketing. Es una promesa. Porque aquí, entre la brisa salada del Atlántico y el sonido del vaivén de los caballos de mar que parecieran bailar una muiñeira bajo las olas, los sabores tienen herencia, leyenda, apellido… y cierto punto de “esto no lo pruebas tú en Madrid o te hago rezar el rosario con percebes”.
Galicia no se anda con rodeos cuando de llenar la mesa se trata. ¿Alguien ha dicho mariscos? Pues aquí los bivalvos no tienen crisis de identidad; nacen para ser celebridades. Las almejas parecen lucir perlas en lugar de producirlas, los berberechos son tan exquisitos que si les pones una corona nadie se extraña, y el pulpo se sirve con la misma solemnidad con la que los gallegos entregan su hospitalidad: bien, bonito y siempre acompañado de una sonrisa (y pan de millo). Dicen los lugareños que el secreto está en el agua y en la paciencia del tiempo, donde incluso los pimientos de Herbón se toman un respiro antes de decidir si van a picar o no. Hay misterio, pero aquí nadie se queja, más bien es parte del espectáculo. Faltaría más.
Rebasa uno la costa y vislumbra, entre prados verdes y vacas que mastican con filosofía de abadía, una riqueza de productos que bien podrían llenar la despensa de cualquier restaurante con estrella Michelin. Hablemos del lacón con grelos. Vaya nombre poco glamuroso, pensarán algunos turistas de mirada despistada, pero basta con clavar el tenedor en ese manjar de campo para descubrir que la sencillez y el sabor intenso pueden tener un romance a prueba de críticos gastronómicos. El grelo, pariente modesto de la verdura chic, se entrega como una guarnición tierna y ligeramente amarga que convierte cualquier almuerzo en un homenaje al invierno gallego sin necesidad de encender Netflix.
En las tabernas de Sanxenxo, hay un secreto que se percibe en la atmósfera: aquí el vino es otra manera de contar historias. Porque en Galicia el Albariño tiene casta y sabe cómo ganarse a los parroquianos exigentes. Los brillos dorados del vino, reflejando la luz del atardecer, dicen mucho de la paciencia de sus uvas y del orgullo de los viticultores locales. No es casualidad que en cada copa se pueda rastrear un pedazo de costa, un guiño del mar y una tarde de fiesta en O Grove. Algún madrileño despistado podría intentar pedir tinto con gaseosa para el pulpo, pero los gallegos, pacientes y sabios, le explicarán que hay tradiciones que mejor ni tocarlas.
Y si de dulces va la cosa, los gallegos juegan con ventaja en la liga de la repostería. Las filloas son como crepes pero no son crepes: tienen alma propia, a veces se rellenan de nata o de crema y otras, simplemente, se espolvorean con azúcar, porque la felicidad muchas veces se mide así, en gramos de dulzura. La tarta de Santiago, tan sobria en su cruz como rotunda en su sabor a almendra, se sirve sin ceremonia, pero quien la prueba termina homenajeando a todos los peregrinos aunque nunca haya hecho el Camino.
Quizá lo que de verdad seduce cuando se descubren los productos gallegos es ese equilibrio entre la tierra y el mar, entre la tradición que no se cansa de reinventarse y el respeto por el origen. Los quesos de tetilla no solo provocan sonrisas por el nombre; el sabor cremoso, suave y la textura casi sensual los convierten en la guinda de un menú sin ningún tipo de postureo. En Sanxenxo, incluso abrir una lata de mejillones es casi un acto litúrgico cuando lleva el sello “gallego auténtico”.
Las nuevas generaciones de productores gallegos han entendido que la tradición no está reñida con la calidad ni con la innovación. Así, hoy no es difícil toparse con cervezas artesanas de toques atlánticos o embutidos que se atreven con combinaciones inesperadas de algas del litoral. Eso sí, aunque hayan aparecido propuestas de cocina fusión en el Paseo de Silgar, los clásicos resisten como un faro en la noche: quien viene a Sanxenxo y no sucumbe ante unas zamburiñas a la plancha, difícilmente comprende el lenguaje ancestral del sabor gallego.
Para quienes aún no han vivido la experiencia directa, acercarse a un mercado local es todo un ritual: el bullicio de los puestos, el canto espontáneo de los vendedores, las muestras que se ofrecen con gesto generoso y la sensación de que aquí nadie escatima en anécdotas ni en cariño. Se dice que quien prueba los productos gallegos, tarde o temprano, acaba volviendo, aunque sea solo para comprobar si la empanada sigue tan jugosa como la primera vez. Al fin y al cabo, aquí la tradición no se vende, se comparte.