La coreografía invisible: el pulso constante en el parking de Lavacolla
Siempre he pensado que los aeropuertos albergan dos viajes simultáneos: el que ocurre en las alturas, invisible y etéreo entre las nubes, y el que se libra a ras de suelo, metálico y acompasado, en la explanada de los aparcamientos. En el aeropuerto de Santiago-Rosalía de Castro esa danza terrestre tiene un carácter fascinante. Cada vez que enfilo la recta de acceso hacia Lavacolla, antes de mirar la pantalla de salidas o de comprobar la puerta de embarque, mis ojos se van de forma instintiva hacia ese mar ordenado de carrocerías que palpita a pocos metros de la terminal.
El aeropuerto Santiago parking nunca duerme del todo; modula su respiración según las olas del día. A primera hora de la mañana, cuando la niebla gallega todavía envuelve las pistas y el frío se cuela por el cuello de la chaqueta, el movimiento es vertiginoso y silencioso. Son los coches de ejecutivos, consultores y viajeros frecuentes que llegan con el tiempo medido al milímetro. Se suceden portazos rápidos, el rodar seco de las maletas de cabina sobre el pavimento y el tintineo de llaves al cerrar apresuradamente. Hay una urgencia pragmática en esos primeros compases: dejar el vehículo en las plantas más cercanas a la pasarela cubierta, pasar el control de seguridad y volar a Madrid o Barcelona antes de que arranque la jornada laboral.
A media tarde, sin embargo, el ritmo cambia y adquiere una cadencia más humana y reposada. El ir y venir se llena de furgonetas de traslados, coches de alquiler que regresan tras recorrer la costa y familias enteras que esperan la llegada de un vuelo europeo. Me gusta especialmente observar la zona de llegadas en ese tramo del día. Los intermitentes parpadean en doble fila durante los minutos de cortesía, las miradas se clavan en las puertas automáticas de cristal y, de repente, una maleta desborda el maletero entre risas y abrazos de bienvenida. Es el cruce exacto entre el regreso a casa y la partida hacia una nueva escapada.
Con el tiempo he aprendido a moverme en este engranaje con la precisión de quien conoce el terreno. Dependiendo de los días que vaya a estar fuera, elijo entre el aparcamiento general, cómodo y directo bajo techo, o las opciones de larga estancia y servicios de custodia exprés que proliferan en los alrededores de la terminal. Esa logística previa, que muchos consideran un mero trámite engorroso, me parece en realidad el preludio indispensable de cualquier aventura. Apagar el motor, comprobar que las luces quedan apagadas y enfilar a pie el acceso acristalado mientras ruge una turbina al fondo tiene algo de rito de paso.
Dejar el coche en Lavacolla es depositar una ancla temporal. Sabes que tu vehículo quedará allí, esperando inmóvil bajo el cielo cambiante de Compostela, mientras tú cruzas continentes. Y saber que, al volver de noche, cansado y con el billete arrugado en el bolsillo, bastará con pulsar el mando a distancia para que los faros te devuelvan al hogar, convierte a este hervidero de asfalto en el auténtico punto de partida y llegada de todas mis rutas.